Siempre he pensado que la montaña tiene una capacidad especial para poner las cosas en su sitio.
No porque tenga poderes.
Ni porque allí desaparezcan los problemas.
Sino porque hay pocas trampas.
Si la subida es dura, la subida es dura.
Si estás cansado, lo notas.
Y si vas con la cabeza en otra parte, antes o después acabas tropezando.
Aquella mañana había salido temprano.
No era una ruta especialmente exigente. De esas que conoces bien y que haces casi sin pensar. El aire estaba fresco, apenas se oía nada y el camino estaba prácticamente vacío.
Sobre el papel, era una mañana perfecta para descansar.
Sin embargo, llevaba ya un buen rato caminando cuando me di cuenta de algo.
Mi cuerpo estaba allí.
Pero mi cabeza seguía trabajando.
No estaba pensando en el paisaje.
Ni en la respiración.
Ni siquiera en el camino.
Iba repasando conversaciones pendientes, organizando tareas, adelantando problemas que todavía no existían y resolviendo mentalmente cosas que probablemente nunca llegarían a pasar.
Seguía haciendo exactamente lo mismo que habría hecho sentado delante del ordenador.
Solo que con botas de montaña.
Y ahí entendí una cosa que desde entonces veo continuamente también en consulta.
Hay personas que cambian de sitio.
Pero nunca llegan a cambiar de estado.
Creo que todos hemos caído alguna vez en esa idea.
"Cuando tenga vacaciones descansaré."
"Cuando llegue el fin de semana desconectaré."
"Cuando pueda escaparme al monte se me pasará."
Y sí, cambiar de entorno ayuda.
Sería absurdo decir lo contrario.
El problema aparece cuando esperamos que el lugar haga un trabajo que solo puede hacer nuestro cuerpo.
Porque si llevas semanas —o meses— funcionando en modo alerta, el sistema nervioso no cambia de marcha simplemente porque delante haya árboles en lugar de edificios.
Necesita tiempo.
Necesita seguridad.
Y muchas veces necesita que dejes de exigirle seguir rindiendo incluso cuando, en teoría, has ido a descansar.
Hay algo curioso.
Cancelar una reunión lleva diez segundos.
Apagar el ordenador, otros diez.
Llegar al monte, quizá una hora.
Pero convencer al cuerpo de que ya no hace falta seguir en guardia... eso no entiende de horarios.
Lo veo mucho en consulta.
Personas que dicen:
"El fin de semana no hice nada."
Y, sin embargo, cuando empiezan a contar cómo fueron esos dos días, descubres que no pararon realmente ni un momento.
Un rato mirando el correo "por si acaso".
Otro respondiendo mensajes.
Un poco organizando la semana siguiente.
Después pensando en un problema familiar.
Más tarde repasando mentalmente una conversación que salió mal.
El cuerpo puede estar sentado.
La cabeza sigue fichando.
Y al final llega el lunes con la sensación de no haber recuperado prácticamente nada.
Por eso muchas veces el problema no es la cantidad de descanso, sino la calidad del estado desde el que intentas descansar.
Aquella mañana seguí caminando un buen rato.
Y hubo un momento en que me di cuenta de algo bastante simple.
No recordaba casi nada del camino que acababa de hacer.
Sabía que había pasado por él.
Pero era incapaz de decir cómo era exactamente aquel tramo.
Mi cabeza había estado tan ocupada en otra parte que apenas había registrado dónde estaba.

Hice varios kilómetros con este ritmo mecánico antes de darme cuenta de que ni estaba mirando el paisaje. Avanzar en piloto automático mientras repasas la lista de la compra. Si es que donde hay talento...
Eso también pasa fuera de la montaña.
Llegas a casa y no recuerdas el trayecto.
Terminas de comer sin haber saboreado casi nada.
Lees dos páginas de un libro y tienes que volver atrás porque no sabes qué acabas de leer.
No es falta de memoria.
Es saturación.
Cuando el cerebro está ocupado intentando gestionar demasiadas cosas a la vez, deja de prestar atención incluso a aquello que, en teoría, has elegido para descansar.
Si además notas que esto empieza a ser habitual, quizá te interese leer Cómo notar antes de tiempo que te estás saturando, porque muchas de estas señales aparecen bastante antes de que llegue el agotamiento importante.
Hay algo que siempre me hace gracia cuando salimos al monte.
Lua puede venir corriendo, olisqueando, jugando o explorando cualquier rincón.
Pero cuando encuentra un sitio que le apetece investigar, desaparece el resto del mundo.
No está pensando en el siguiente kilómetro.
Ni en cuánto queda.
Ni en lo que hará después.
Está donde está.
Y cuando termina, sigue caminando.
Sin dramas.
Sin culpa.
Sin la necesidad de aprovechar cada minuto.
No digo que debamos vivir como un perro.
Pero reconozco que, en esto, tienen bastante que enseñarnos.
Nosotros somos capaces de llevar el trabajo al sofá, las preocupaciones a la cama y las listas de tareas hasta la cima de una montaña.
Ellos, normalmente, no.
Con el tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla.
Hay personas que nunca descansan del todo porque nunca dejan de empujar.
Empujan en el trabajo.
Empujan en casa.
Empujan intentando ser mejores.
Empujan incluso cuando empiezan a cuidarse.
Y llega un momento en que ya no saben hacer las cosas de otra manera.
Por eso, cuando alguien me dice que ha estado un fin de semana entero en la naturaleza y vuelve igual de agotado, no me sorprende demasiado.
El monte puede ayudarte.
El silencio puede ayudarte.
Caminar puede ayudarte.
Pero ninguno de ellos puede sustituir ese proceso de ir saliendo poco a poco del modo alerta.
Eso lleva algo más de tiempo.
Y bastante menos fuerza de la que solemos imaginar.
A veces pensamos que el problema es la ciudad.
El trabajo.
La rutina.
Las obligaciones.
Y, desde luego, todo eso influye.
Pero otras veces el problema viaja contigo.
No porque seas tú el problema.
Sino porque tu sistema nervioso lleva tanto tiempo funcionando acelerado que ya interpreta como normal un nivel de activación que no lo es.
Por eso hay personas que consiguen irse una semana de vacaciones y vuelven exactamente igual.
Y otras que encuentran diez minutos tranquilos en cualquier parque y sienten que, por fin, algo empieza a aflojar.
La diferencia no siempre está en el sitio.
Muchas veces está en el estado desde el que llegas a ese sitio.
Aquella mañana seguí caminando un rato más.
No hice nada especial.
No practiqué ninguna técnica.
No intenté vaciar la mente.
Simplemente dejé de exigirle que estuviera haciendo otra cosa distinta de caminar.
Y fue curioso.
Poco a poco empecé a escuchar cosas que antes estaban ahí, pero que no había registrado.
El viento entre los árboles.
El sonido de mis propias pisadas.
La respiración, que llevaba demasiado rato siendo un simple trámite.

Parar, mirar la cascada y recordarte que el paisaje no va a salir corriendo si no le sacas 40 fotos. El momento exacto en que la cabeza se da permiso para parar y soltar.
No fue una transformación espectacular.
Fue algo mucho más discreto.
Pero suficiente para recordar que descansar no consiste solo en sacar el cuerpo de donde estaba.
También consiste en darle permiso para dejar de estar preparado para todo.
Si últimamente tienes la sensación de que desconectas muy poco, incluso cuando tienes tiempo libre, puede ayudarte el Test de Desgaste Silencioso. Muchas personas descubren ahí que el problema no es la falta de descanso, sino el nivel de desgaste con el que llegan a él.
Y si además te reconoces en esa sensación de que el cuerpo sigue funcionando como si nunca pudiera bajar la guardia, quizá te interese leer Qué hacer cuando el cuerpo sigue en alerta aunque tú ya has parado, porque ambos temas suelen ir mucho más unidos de lo que parece.
¿Vas a hacer algo con esto… o se queda en otro post más?
Leer y entender no cambia nada.
Si algo de lo que has leído te ha tocado, no necesitas más ideas.
Necesitas empezar a hacer algo distinto.
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