Hay personas que llegan a consulta convencidas de que el problema apareció hace una semana.
Que llevan unos días más nerviosas. Que últimamente duermen peor. Que ahora sí notan que están cansadas.
Sin embargo, cuando empiezas a hablar con ellas con un poco de calma, la historia suele ser bastante distinta.
Hace meses que comen deprisa.
Hace meses que no descansan de verdad.
Hace meses que sienten que todo les cuesta un poco más.
Hace meses que viven apagando pequeños fuegos.
Lo que ocurre es que, como todavía eran capaces de seguir funcionando, daban por hecho que todo estaba bajo control.
La saturación rara vez aparece de golpe. Lo habitual es que vaya creciendo poco a poco, mientras tú te acostumbras a convivir con ella.
Y precisamente ahí está el problema.
Hay una escena que se repite muchísimo en consulta.
Pregunto:
—¿Cómo llevas el cuello y la espalda?
Y la respuesta suele ser rápida.
—Bien. Ahí no tengo problema.
Empiezo a explorar un poco la musculatura y, en cuanto apoyo los dedos sobre el cuello o la zona dorsal, cambia completamente la expresión.
—Pues ahora que lo dices… no pensaba que estuviera tan cargado.
No es que el cuerpo se haya tensado en esos diez segundos.
Es que llevaba semanas —o meses— así, solo que la persona ya se había acostumbrado.
Con la saturación mental pasa exactamente lo mismo.
Nos adaptamos tanto al ruido, a la tensión y a vivir con el acelerador pisado que dejamos de percibirlos como algo excepcional.
Se convierten en "lo normal".
Y eso hace que reaccionemos demasiado tarde.
No hace falta estar al borde del colapso para que el cuerpo empiece a avisar.
Muchas veces las primeras señales son bastante discretas.
No mucho más.
Solo un poco.
Tareas sencillas empiezan a hacerse pesadas.
Te cuesta arrancar.
Necesitas más esfuerzo para hacer exactamente lo mismo que hace unos meses.
Como el cambio es progresivo, apenas lo notas.
Duermes.
Paras.
Incluso tienes un fin de semana tranquilo.
Pero el lunes vuelves a levantarte con la sensación de que no has recargado del todo.
Si este tema te resulta familiar, quizá también te interese leer Por qué hay días en los que descansar no descansa, porque muchas veces el problema no está en descansar poco, sino en el estado desde el que intentas hacerlo.
Las pequeñas cosas empiezan a molestarte más.
Un atasco.
Un correo.
Un cambio de planes.
No porque sean graves.
Sino porque ya no te queda apenas capacidad de adaptación.
Es como un vaso lleno hasta arriba.
La última gota nunca es el problema. El problema es todo lo que llevaba dentro antes.
Es muy habitual escuchar frases como:
"No sé qué me pasa. Si solo ha sido una tontería."
Y probablemente sea verdad.
La discusión con un compañero.
El niño que hoy estaba especialmente nervioso.
El correo que llegó a última hora.
El atasco de vuelta a casa.
Eso no suele ser lo que rompe el equilibrio.
Lo que ocurre es que el sistema llevaba demasiado tiempo funcionando sin apenas margen.
Igual que una mochila parece ligera durante los primeros kilómetros y acaba haciéndose insoportable cuando llevas horas caminando, el cuerpo también acumula pequeñas cargas que, por separado, parecen insignificantes.

El día de esta foto tenía claro que no iba a permitir que la carga me arruinara la travesía, así que paramos a recuperar antes de tiempo. En la montaña y en la vida cotidiana, notar las pequeñas señales a tiempo es lo que te permite seguir disfrutando del camino.
Por eso muchas personas buscan desesperadamente cuál ha sido "la causa" de encontrarse así.
Pero la pregunta suele ser otra.
No es qué ha pasado hoy.
Es desde cuándo llevas funcionando así.
Una de las trampas de la saturación es que siempre encuentra una explicación razonable.
"Será que esta semana he dormido peor."
"Será por la época del año."
"Cuando termine este proyecto ya descansaré."
"Ahora no puedo parar."
Todas esas frases pueden ser ciertas.
El problema aparece cuando las llevas repitiendo durante meses.
Entonces dejan de ser una explicación puntual y pasan a convertirse en una forma de normalizar un estado que ya no debería ser normal.
Hay personas que sienten un pequeño vacío en cuanto tienen diez minutos libres.
Enseguida buscan el móvil.
Empiezan otra tarea.
Ponen una serie sin prestarle atención.
Revisan el correo.
No siempre es porque tengan muchas cosas que hacer.
A veces simplemente han perdido la costumbre de bajar el ritmo.
Y cuando el cuerpo intenta hacerlo, la cabeza interpreta ese silencio como una incomodidad que hay que llenar cuanto antes.

Para ella no hay prisa ni necesidad de llenar el silencio. Sabe estar presente porque no confunde parar con perder el tiempo.
No es que te hayas convertido en una persona más irritable.
Es que dispones de menos recursos para gestionar situaciones normales.
Lo que antes resolvías con cierta tranquilidad ahora te supera con facilidad.
Y cuanto más tiempo se mantiene ese estado, más fácil es pensar que el problema son siempre los demás.
Cuando muchas veces lo que ocurre es que tú llevas demasiado tiempo funcionando con las reservas agotadas.
La buena noticia es que no hace falta esperar a tocar fondo para empezar a hacer algo.
De hecho, cuanto antes reconoces estas señales, más sencillo suele ser recuperar el equilibrio.
No porque exista una solución mágica.
Sino porque todavía tienes margen.
En otros artículos del blog ya hemos hablado de por qué pensar demasiado agota, aunque muchas veces no seas consciente de ello, y también de qué hacer cuando el cuerpo sigue en alerta aunque tú ya hayas parado. Ambos ayudan a entender por qué la saturación no depende solo de la cantidad de cosas que haces, sino del estado en el que tu sistema lleva funcionando desde hace tiempo.
Y si al leer todo esto tienes la sensación de que hace meses que vas tirando sin prestar demasiada atención a esas señales, quizá te resulte útil hacer el Test de Desgaste Silencioso. No pretende poner etiquetas ni dar diagnósticos, pero sí ayudarte a ver con un poco más de claridad qué áreas están empezando a pedirte un respiro antes de que el cuerpo tenga que levantar mucho más la voz.
No hace falta analizar cada sensación que aparece.
Ni vivir pendiente del cuerpo todo el día.
Pero sí merece la pena recuperar una costumbre que muchas personas han perdido: hacerse preguntas antes de que el problema sea demasiado grande.
¿Cómo estoy durmiendo realmente?
¿Tengo la misma paciencia que hace unos meses?
¿Estoy recuperando energía o solo sobreviviendo a las semanas?
¿Mi cuerpo se relaja cuando puede hacerlo o sigue funcionando como si todavía hubiera una urgencia?
A veces las respuestas no son especialmente agradables.
Pero suelen llegar mucho antes que el agotamiento serio.
Y eso ya cambia bastante las cosas.
¿Vas a hacer algo con esto… o se queda en otro post más?
Leer y entender no cambia nada.
Si algo de lo que has leído te ha tocado, no necesitas más ideas.
Necesitas empezar a hacer algo distinto.
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